Edición Globalmartes 7 de julio de 2026 El mundo en breveLa edición semanal
Continente ORDEN Y PERSPECTIVA GLOBAL.
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacionalNegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
Secciones y más
El mundo
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacional
Negocios, ciencia y cultura
NegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
El medio
El mundo en breveBoletinesAcerca
Ciencia y tecnología

El parto difícil no es exclusivo del ser humano

Un nuevo análisis de 29 especies de primates revela que muchas enfrentan desajustes anatómicos más severos que los humanos durante el nacimiento. La dificultad podría remontarse a los primeros primates, hace más de 50 millones de años.
Foto: newscientist.com
Ciencia y tecnologíasábado 4 de julio de 2026

Durante décadas, la biología evolutiva sostuvo que el parto humano era excepcionalmente difícil. La explicación estándar combinaba dos presiones opuestas: la pelvis se estrechó cuando nuestros ancestros comenzaron a caminar en dos piernas, mientras que el cerebro —y con él el cráneo del recién nacido— creció de forma acelerada. El resultado fue un canal de parto que apenas permite el paso de la cabeza infantil. Los demás primates, según esa narrativa, tenían las cosas considerablemente más fáciles.

Un estudio publicado en Nature Ecology and Evolution cuestiona esa narrativa con datos nuevos. Nicole Torres-Tamayo, del University College London, y su equipo reanalizaron la anatomía del canal de parto en 29 especies de primates y compararon esas medidas con el tamaño del cráneo de los recién nacidos en cada especie. La conclusión es incómoda para la versión clásica: varias especies presentan una pelvis que parece demasiado estrecha para dar a luz.

El problema de partida era metodológico. El antropólogo Adolph Schultz publicó en los años cuarenta un estudio influyente que concluía que en la gran mayoría de los primates el cráneo infantil cabía con comodidad por el canal de parto. Pero, según Torres-Tamayo, Schultz aplicó mediciones diseñadas específicamente para la pelvis humana a todas las especies. Dado que la pelvis humana tiene una forma inusual, esos puntos de referencia, al trasladarse a otras especies, definían un plano inclinado que sobreestimaba el tamaño real del canal. El error sistemático ocultó el problema durante ochenta años.

Al corregir la metodología, el panorama cambia de forma sustancial. Los primates más pequeños —entre ellos los tití leones dorados y los galagos— muestran el desajuste más severo: la cabeza del recién nacido puede ser casi el doble del tamaño del canal de parto. Para sortear ese obstáculo, estas especies desarrollaron una solución que a los humanos les resultaría imposible: dislocan temporalmente los huesos de la pelvis, duplicando el espacio disponible. Lia Betti, también del University College London e integrante del equipo, señala que esa estrategia no es viable para una especie bípeda y de gran tamaño, porque haría insoportablemente dolorosa la marcha.

Los grandes simios, en cambio, presentan menos conflicto entre el tamaño de la cabeza y el canal de parto, probablemente porque su mayor corpulencia ofrece más margen anatómico. En ese sentido, los humanos seguirían siendo únicos: somos el único gran simio con dificultades serias durante el parto. Sin embargo, esa singularidad también se discute. Nicole Webb, de la Universidad de Zúrich, publicó en 2024 un estudio que concluía que incluso los chimpancés presentan una correspondencia incómodamente ajustada entre ambas medidas. Webb celebra el nuevo trabajo como «un incentivo para revisar nuestra propia hipótesis», aunque apunta que la discrepancia entre ambos estudios probablemente refleja diferencias en los métodos empleados.

Betti va más lejos en la interpretación: la dificultad en el parto podría ser la condición ancestral de los primates, no una anomalía humana. Los primates más tempranos eran pequeños, y el tamaño reducido parece correlacionarse con un mayor desajuste entre cabeza y pelvis. Si esa hipótesis se confirma, la historia evolutiva del parto tendría que reescribirse desde sus primeras páginas.

El dato importa más que el ruido. Durante décadas, un error de medición sostuvo una narrativa conveniente sobre la excepcionalidad humana. La corrección no resta singularidad a nuestra especie —seguimos siendo el único gran simio con este problema—, pero sí distribuye la dificultad de forma más equitativa entre nuestros parientes evolutivos. La biología comparada, una vez más, matiza lo que parecía resuelto.

Más sobre Ciencia y tecnología

La edición semanal

El temario completo de la semana

Leer la edición →