Hay libros que no argumentan: simplemente acompañan. «Tree», de la escritora japonesa Aya Koda, pertenece a esa categoría escasa.
Koda, fallecida en 1990 e hija del también escritor Rohan Koda, dedicó uno de sus últimos libros a recorrer Japón en busca de árboles célebres. El volumen acaba de publicarse en inglés por primera vez, en traducción de Charlotte Goff, y ha encontrado una segunda vida inesperada: muchos lectores llegaron a él después de que apareciera mencionado en «Perfect Days», la película de Wim Wenders estrenada en 2024.
El texto pertenece al género japonés llamado zuihitsu, que puede traducirse como «seguir el pincel». Es una forma literaria que privilegia la digresión y la espontaneidad por encima del argumento. No hay trama que resolver. Hay, en cambio, una voz que observa y se deja sorprender.
La fragilidad física de Koda —en ocasiones debía ser cargada por un guía montaña arriba para llegar hasta el árbol que buscaba— contrasta de manera constante con la solidez de sus sujetos. Esa tensión es uno de los motores del libro. Cuando visita el Jōmon Sugi, un ciprés legendario de la isla de Yakushima, en el sur de Japón, la escritora consigna sin adornos: «Si soy completamente honesta, tenía miedo». El árbol pertenece a la especie Cryptomeria japonica, conocida a veces como secuoya japonesa, y tiene al menos 2.000 años, aunque algunas estimaciones lo sitúan en 7.000.
En otro viaje, Koda llega al Jindai-zakura, un cerezo de 2.000 años considerado el más antiguo de Japón. La descripción de sus raíces retorcidas y su corteza antigua, en contraste con la delicadeza efímera de sus flores, le arranca una de las frases más memorables del libro: «Sentí como si me hubiera atrapado un movimiento de pinza entre la belleza y el terror».
Del Miharu Takizakura, un cerezo en la prefectura de Fukushima, Koda extrae una reflexión sobre el tiempo que vale la pena citar completa: «Lo que parece ocurrir es que todas las generaciones del árbol viven unas junto a otras. En este único árbol, bisabuelos y antepasados de mucho antes de ellos vivían dentro de un solo cuerpo».
Conviene mirar los incentivos de por qué un libro así importa ahora. En un momento en que la conversación pública sobre la naturaleza tiende a resolverse en datos de carbono y métricas de biodiversidad, «Tree» propone algo diferente: la atención sostenida, la experiencia directa, el asombro sin agenda. No es una postura antiintelectual; es, si acaso, una corrección de rumbo. El dato importa más que el ruido, pero el dato sin contemplación se vuelve abstracto.
La escritura de Koda tiene una ligereza que podría confundirse con superficialidad. No lo es. Hay en ella una originalidad genuina y una perspectiva que, como señala la reseña de New Scientist, solo alguien hacia el final de su vida podría haber alcanzado. La cercanía a la muerte no produce melancolía en estas páginas; produce claridad.
La historia sugiere cautela ante los libros que llegan recomendados por el cine. Muchos no sobreviven la expectativa. «Tree» es una excepción: la película de Wenders le prestó visibilidad, pero el libro se sostiene por sí mismo, en sus propios términos y a su propio ritmo. Que haya tardado décadas en cruzar el idioma dice algo sobre los filtros del mercado editorial; que haya llegado dice algo sobre la persistencia de lo que merece durar.



