La adaptación cinematográfica de La Odisea dirigida por Christopher Nolan acapara la atención por sus recursos visuales, pero no es el único ni el más fiel heredero de la gesta homérica en el imaginario occidental. Un análisis publicado por La Nación señala que El Eternauta, la historieta argentina de Héctor Germán Oesterheld, reproduce el marco narrativo del poema con una precisión que el film de Nolan no alcanza.
El argumento descansa en un paralelo estructural preciso. En el canto VII de La Odisea, Atenea envuelve a Odiseo en una niebla que lo vuelve invisible; cuando la niebla se disipa, el héroe aparece de pronto ante los reyes feacios, quienes «se quedaron atónitos al ver al héroe en el interior del palacio». Oesterheld replica esa escena en las primeras viñetas: Juan Salvo se materializa gradualmente ante el propio guionista —quien se incluye como personaje en un acto de metaficción— y provoca la misma reacción de asombro: «¡Es para creer en fantasmas!».
El paralelo no se agota en la aparición. Cuando el rey Alcínoo interroga a Odiseo sobre su nombre y sus orígenes, el héroe vacila: «¿Qué voy a contarte al principio, y luego, y qué al final? Pues muchos pesares me infligieron los dioses del cielo». Juan Salvo responde con idéntica vacilación y una frase que condensa la misma condición errante: «Podría darte centenares de nombres y no te mentiría: todos han sido míos». Nolan, según el análisis, saltea esta escena por completo.
La conexión tiene raíces biográficas documentadas. La esposa de Oesterheld, Elsa, recordaba que su marido conocía la filosofía griega «como un ABC» desde el colegio secundario, donde sus compañeros lo apodaban «Sócrates». Hablar de influencia homérica en su obra es, en ese contexto, casi una obviedad.
Más allá del marco narrativo, el análisis identifica un rasgo de carácter que acerca a Juan Salvo con el Odiseo de Homero: las habilidades manuales y el orgullo en ejercerlas. El primer verso de La Odisea invoca al «hombre de múltiples ardides» —traducción del griego polýtropos—, un héroe definido por la inteligencia y la versatilidad antes que por la fuerza bruta. Los compañeros de Juan Salvo exhiben el mismo perfil: uno fabrica violines, otro construye un contador Geiger «a pulmón», un tercero divide su entusiasmo entre la vela y la electrónica. Ya desatada la invasión, el grupo masilla la casa para aislarla de la nevada mortal, adapta una radio a pilas e instala un extractor de aire en el garaje.
La coincidencia no es casual ni superficial. Es una arquitectura narrativa deliberada que Oesterheld trasladó al género de la ciencia ficción popular sin perder un ápice de la densidad clásica.
Conviene mirar los incentivos culturales que produce una obra así. El Eternauta nació en 1957 en las páginas de una revista de quiosco, sin subsidio estatal ni consagración académica previa; su permanencia en el canon se debe a la calidad intrínseca del relato y a la fidelidad de sus lectores, no a la gestión de ningún aparato cultural. El dato importa más que el ruido: las obras que perduran lo hacen porque resuelven bien el problema fundamental de la narrativa —dar forma reconocible a la experiencia humana—, y esa capacidad no requiere de tutela burocrática. La historia sugiere cautela ante quienes pretenden administrar el patrimonio cultural desde el Estado; El Eternauta sobrevivió décadas sin esa administración y llegó solo hasta Nolan y hasta el debate global sobre los clásicos.



