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De las orillas del Indo al océano profundo: cincuenta millones de años de transformación cetácea

El registro fósil traza una línea ininterrumpida desde el Pakicetus, un mamífero terrestre del tamaño de una oveja, hasta las ballenas modernas de hasta 180 toneladas. La historia importa más que el mito.
Foto: semana.com
Líderessábado 4 de julio de 2026

Conviene mirar los incentivos que mueven la evolución con la misma atención que los que mueven los mercados. En ambos casos, la presión del entorno remodela estructuras en plazos que desafían la intuición.

Hace cerca de 50 millones de años, los ancestros de las ballenas no vivían en el océano. Caminaban sobre cuatro patas en las proximidades de ríos y lagos, en territorios que hoy corresponden a Pakistán y el norte de la India. Allí fue hallado el Pakicetus, considerado uno de los primeros integrantes del linaje de los cetáceos. Su tamaño era similar al de una oveja. Su dieta incluía peces, pequeños crustáceos y otros animales de ribera.

El dato importa más que el ruido: no hubo un salto abrupto hacia el mar. Lo que el registro fósil muestra es una secuencia de ajustes anatómicos graduales, cada uno respondiendo a cambios geológicos e hídricos que transformaron el paisaje de la región.

Un eslabón intermedio ilustra bien esa transición. El Ambulocetus conservaba la capacidad de desplazarse sobre tierra firme, pero sus patas eran más robustas y estaban adaptadas para impulsarse en el agua. Su cuerpo era más alargado y su cola comenzaba a cumplir una función propulsora. Era, en sentido estricto, un animal de dos mundos.

La secuencia no se detiene ahí. El Dorudon representa una etapa posterior en la que la anatomía ya se aproxima a la de las ballenas modernas. Sus extremidades delanteras se habían transformado en aletas completamente funcionales; las patas traseras se redujeron hasta perder utilidad para caminar. Según las fuentes científicas disponibles, el Dorudon pasaba prácticamente toda su vida en el océano y tenía sus crías bajo el agua.

La historia sugiere cautela frente a cualquier relato que presente el cambio como instantáneo. Lo que el caso cetáceo demuestra es que las transformaciones más radicales se construyen sobre acumulaciones lentas, casi imperceptibles en cada generación, pero decisivas en el largo plazo. Es una lección que aplica bien más allá de la biología.

Con el tiempo, los cetáceos desarrollaron una cola cada vez más poderosa para desplazarse en entornos acuáticos, lo que también facilitó la respiración durante la natación. Esas adaptaciones les permitieron conquistar por completo el ambiente marino.

El resultado final de ese proceso son los gigantes de hasta 180 toneladas que recorren hoy los océanos del planeta. La distancia entre el Pakicetus y una ballena azul adulta es casi inconcebible en términos de masa y hábitat. Sin embargo, el linaje es continuo y el mecanismo, coherente: presión ambiental, variación anatómica, selección sostenida.

Para una publicación dedicada al orden internacional y a los equilibrios de poder, el caso tiene resonancia. Las instituciones, como los organismos, no se transforman de golpe. Se adaptan —o no— bajo presión. Las que sobreviven son las que acumulan ajustes funcionales antes de que el entorno las vuelva irrelevantes. Las que no lo hacen dejan fósiles.

El Pakicetus no planeó conquistar el océano. Simplemente encontró alimento cerca del agua y sus descendientes fueron perfeccionando esa proximidad durante decenas de millones de años. La intención no es el motor de la transformación; la coyuntura y la respuesta acumulada, sí.

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