Un ataque con drones cargados de artefactos explosivos sacudió el municipio de Ábrego, Norte de Santander, en horas de la noche del sábado. Según informó el Ejército colombiano, cerca de nueve artefactos fueron lanzados contra efectivos de la Fuerza Pública. El saldo: el soldado profesional Neiver Madera Ricardo murió en el acto y cinco militares más resultaron heridos; todos fueron trasladados al centro médico del municipio.
La violencia no se detuvo allí. Las imágenes difundidas muestran el pánico dentro del propio hospital de Ábrego, donde trabajadores buscaban refugio mientras continuaba el hostigamiento atribuido al ELN. El centro asistencial, que debía recibir a los heridos, se convirtió también en escenario de tensión.
El presidente Abelardo De La Espriella reaccionó con rapidez y sin ambigüedades. «Este ataque contra nuestros héroes le saldrá caro a los narcoterroristas del ELN. La orden a la fuerza pública es clara: sin tregua y con contundencia, hay que acabar con ese cáncer», escribió en X. Expresó además su solidaridad con las víctimas y sus familias.
El Ejército confirmó que, tras el ataque, se reforzó el dispositivo de seguridad en el sector con el apoyo de la Aviación del Ejército Nacional y de la Fuerza Aeroespacial Colombiana. El objetivo declarado: asegurar el área, proteger a la población civil y prevenir nuevas acciones. La institución también informó que un equipo interdisciplinario fue dispuesto de inmediato para brindar acompañamiento integral a la familia del soldado asesinado.
El uso de drones armados marca una escalada táctica que las fuerzas de seguridad colombianas ya habían advertido en meses anteriores. El ELN ha recurrido a este tipo de artefactos en distintas regiones del país, lo que plantea un desafío tecnológico y operativo creciente para la Fuerza Pública.
Conviene mirar los incentivos. Durante el gobierno anterior, la llamada «paz total» abrió canales de negociación con el ELN que, en la práctica, otorgaron al grupo márgenes de maniobra sin contrapartidas verificables en materia de cese de hostilidades. El ataque de Ábrego —con drones, en horas nocturnas, alcanzando incluso un centro de salud— ilustra adónde conduce esa lógica: el aparato terrorista no se desmantela con diálogos sin presión militar sostenida.
De La Espriella elige el camino opuesto: orden de operaciones sin tregua, refuerzo inmediato del dispositivo y mensaje público sin eufemismos. El dato importa más que el ruido. La pregunta relevante no es si el tono presidencial es demasiado duro, sino si la capacidad operativa del Estado colombiano está a la altura de la amenaza que el ELN ha demostrado, una vez más, que sigue siendo real y letal.



