Los equipos israelíes que apoyan las labores de búsqueda en Cali recuperaron cuatro cuerpos de un edificio durante las últimas 24 horas, según informó este domingo el capitán Roni Kaplan, portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel. «Se va cerrando la ventana de esperanza de encontrar gente bajo escombros con vida», escribió Kaplan en sus redes sociales.
La misión israelí está integrada por 82 militares —rescatistas, ingenieros y especialistas— que llegaron a Cali el viernes para apoyar las labores de búsqueda y rescate y evaluar estructuras afectadas por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el pasado lunes. Según Kaplan, los equipos están distribuidos en los puntos asignados por la Secretaría de Gestión del Riesgo y la Alcaldía de Cali, y trabajan junto a bomberos y militares colombianos.
En los últimos días, los equipos de emergencia no han reportado nuevos rescates con vida. Las labores se concentran cada vez más en localizar y recuperar los cuerpos de quienes permanecen bajo los escombros.
El último balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), divulgado este domingo, cifra en 143 los desaparecidos en todo el país. El terremoto deja hasta este domingo 289 fallecidos y 4.187 heridos, además de 26.945 viviendas destruidas y 127.557 averiadas, según los datos oficiales.
El dato importa más que el ruido. Colombia enfrenta una catástrofe de escala mayor: más de 150.000 viviendas afectadas y una cifra de desaparecidos que aún no cierra. La presencia de una misión extranjera especializada —82 efectivos israelíes con capacidad técnica de alto nivel— ilustra tanto la magnitud del desastre como las limitaciones del aparato estatal colombiano para responder en solitario a emergencias de esta envergadura.
Conviene mirar los incentivos. La gestión de desastres exige instituciones con recursos, protocolos claros y coordinación entre niveles de gobierno. El balance que arroja la UNGRD este domingo —289 muertos, 143 desaparecidos, más de un cuarto de millón de personas sin vivienda o con vivienda dañada— pone sobre la mesa una pregunta que trasciende la coyuntura: si Colombia dispone de la infraestructura de gestión del riesgo que su geografía sísmica demanda. La historia sugiere cautela.



