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Costa Brava, 1842: cuando Brown acorraló a Garibaldi en el Paraná

El almirante irlandés al servicio de la Confederación Argentina neutralizó cada maniobra del futuro héroe italiano en un combate que selló el fracaso de la expedición oriental sobre el litoral.
Foto: infobae.com
Culturadomingo 16 de agosto de 2026

El 15 de agosto de 1842, a mediodía, la artillería de Giuseppe Garibaldi abrió fuego sobre la escuadra federal argentina en un paraje del río Paraná conocido como Costa Brava, en el límite de Corrientes y Entre Ríos, cerca de la isla Curuzú Chalí. Al frente de la flota confederada estaba el almirante Guillermo Brown, irlandés de nacimiento y figura ya legendaria en el Río de la Plata. Lo que siguió fue una sucesión de maniobras y contramaniobras que el propio Garibaldi reconocería, años después, como el punto de partida del fracaso de toda su expedición.

El contexto era la disputa entre Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, y Fructuoso Rivera, presidente del Uruguay, quien ambicionaba extender su influencia sobre el litoral argentino, el Paraguay y el sur del Brasil. Tras los reveses sufridos en el río, Rivera confió el mando de su escuadra al italiano Garibaldi, quien había llegado a América huyendo de una condena por sus vínculos con la Joven Italia de Giuseppe Mazzini y se ganaba la vida en Montevideo enseñando matemáticas.

Garibaldi conocía el prestigio de su rival. Lo consideraba, según recogen las fuentes, «uno de los marinos más hábiles del mundo y una verdadera celebridad en América». Brown, que tenía ya 60 años cuando el bloqueo francés al Río de la Plata lo devolvió al servicio activo en 1838, había cimentado ese prestigio en victorias logradas casi siempre en inferioridad de condiciones. Rosas lo llamaba «Don Bruno».

La estrategia de Garibaldi resultó fallida desde el inicio. Dispuso sus naves en abanico defensivo y concentró artillería sobre la dirección de avance federal, pero Brown respondió el fuego y concentró sus cañones en la nave insignia enemiga, dañando además a los buques orientales Pereyra y Joven Esteban. Al caer la tarde, la escasa visibilidad detuvo el duelo sin un vencedor claro, pero Garibaldi quedó atrapado.

Lo que siguió ilustra la diferencia entre ambos comandantes. Garibaldi intentó un ataque nocturno sorpresa sobre uno de los barcos de Brown: un centinela lo descubrió, una ráfaga dispersó a los cincuenta atacantes y el comandante de la Pereyra murió con una bala en la cabeza. Luego envió un buque incendiado hacia el corazón de la escuadra federal: Brown ordenó apagarlo con baldes desde un bote con cuatro remeros. El grumete Bartolomé Cordero, de apenas 12 años, abordó la embarcación en llamas y torció su rumbo. Brown lo abrazó al regreso: «Usted será con los años la gloria de la escuadra argentina». Cordero llegaría a jefe del estado mayor de la armada en 1890.

Una hora después, Garibaldi mandó una barca cargada con barriles de pólvora y alquitrán. Las mechas se habían apagado solas. El propio Brown la abordó y la llevó al amparo de una barranca.

En tierra, la situación no era mejor para el italiano. Brown había anticipado el movimiento de Garibaldi de enviar un destacamento terrestre al mando del mayor Pedro Rodríguez, y despachó al mayor Rufino Montaña, cuyos hombres hicieron retroceder a los orientales en el norte de la isla de Curuzú Chalí. Algunos soldados de Garibaldi desertaron esa misma noche del 15.

El dato importa más que el ruido. Costa Brava no fue una batalla de grandes flotas ni de imperios en colisión; fue el choque de dos voluntades y dos métodos. Brown improvisó con disciplina; Garibaldi improvisó con audacia, pero sin el respaldo logístico ni el apoyo ribereño que necesitaba: su propio avance por el Paraná, marcado por el asalto a poblaciones costeras para obtener provisiones, había alimentado la antipatía local.

Conviene mirar los incentivos. La historia de Costa Brava es, entre otras cosas, la historia de un Estado —la Confederación— que supo sostener una cadena de mando funcional frente a un actor externo que operaba en territorio hostil sin líneas de abastecimiento seguras. El orden y la disciplina no son virtudes abstractas; en el Paraná de 1842, fueron la diferencia entre acorralar al enemigo y ser acorralado.

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