Entrar a Coronel Pringles por la avenida 25 de Mayo es encontrarse de frente con una torre de 38 metros. La municipalidad, construida en 1936, lleva la firma de Francisco Salamone, el arquitecto e ingeniero italiano que entre ese año y 1940 levantó más de 60 edificios públicos en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, por encargo del gobernador Manuel Fresco.
La plaza Pascual Pringles, el antiguo matadero —con forma de cuchilla— y una cruz en el pasillo central del cementerio municipal completan el inventario salamoniano de la localidad. Bancos, columnatas, maceteros, faroles, pérgolas y fuentes llevan su impronta. La influencia del art decó y del racionalismo transformó pueblos como Balcarce, Laprida, Guaminí, Tornquist y Rauch con torres, pórticos geométricos y figuras de hormigón a gran escala. El patrimonio resultante no tiene equivalente en la región.
El partido de Pringles fue creado en 1882, desprendiéndose del de Tres Arroyos. Su nombre homenajea a un coronel puntano que se distinguió en la batalla de Chancay, en Perú, y que nunca pisó la zona. Los primeros edificios datan de 1890: la Casa de Cultura —entonces intendencia— y la parroquia Santa Rosa de Lima, frente a la plaza. Un Almacén Colón de principios del siglo pasado, conocido como «lo de Alfano», sigue operando en una esquina céntrica y conserva su fama por un maní que se volvió referencia local.
Otrora «capital de los lanares», la producción local giró con el tiempo hacia la agricultura: trigo y maíz dominan hoy el paisaje productivo. El arroyo Pillahuincó atraviesa la ciudad y alimenta el balneario municipal.
A unos kilómetros del centro, junto al cordón de Pillahuincó —parte de la serranía de la Ventana—, la estancia La Catalina alberga el proyecto Sante Vins. Martín Abenel, asociado a Carlos María Bertola y su esposa Mónica, elabora vinos en lo que él mismo define como «vitivinicultura heroica»: producción en una región no clásica, a la latitud 38 Sur, con menos horas de sol que Mendoza o Salta. Las variedades incluyen Pinot Noir, Chardonnay, Tannat y Malbec. Abenel comenzó hace una década en el garage de su casa en Punta Alta; los espumantes Myl Colores completan la oferta del emprendimiento.
A 45 kilómetros de la ciudad, sobre la RP 51, Emilse Galduroz y Osvaldo Fernández condujeron otro proyecto de iniciativa privada: Olivares La Loma. Llegaron al campo ya jubilados, sin napas ni molino, y empezaron en 2015 con 600 plantas de olivo. Dos años después sumaron 500 más. Las plantaron ellos mismos, una por una, en dos hectáreas, con variedades arbequina y picual. Procesan su producción en las máquinas de Víctor Serafini, en Cabildo, y obtienen aceite de oliva extra virgen.
Conviene mirar los incentivos. Lo que Coronel Pringles ofrece no es el producto de una política de subsidios ni de un plan de desarrollo estatal: es el resultado acumulado de decisiones privadas —un veterinario y su pareja que plantan olivos jubilados, un enólogo que empieza en un garage— y de un patrimonio arquitectónico que el Estado provincial encargó hace casi noventa años y que hoy genera valor sin haber requerido reinversión pública. La historia sugiere cautela ante la tentación de atribuir a la burocracia lo que la libre empresa y el talento individual construyeron. El dato importa más que el ruido: en el sur bonaerense, los emprendedores llegaron antes que los planes.



