Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el centro y el suroeste de Colombia el pasado lunes. El balance oficial de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) registra hasta ahora 294 fallecidos, 3.935 heridos y 320 desaparecidos. El epicentro se ubicó en inmediaciones de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y Cali figura entre las ciudades más afectadas.
El presidente Abelardo de la Espriella habló por teléfono con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y le agradeció «profundamente por toda la ayuda humanitaria y por los rescatistas que Israel ha enviado a Colombia en estos momentos tan difíciles». De la Espriella calificó la llamada como «muy cálida y enriquecedora» y la difundió en sus redes sociales.
Israel despachó un contingente de 82 militares de sus Fuerzas de Defensa (FDI), integrado por rescatistas, ingenieros y especialistas, que llegó el viernes a Cali. El mayor Rony Kaplan, portavoz de las FDI, explicó que la delegación se distribuiría «en distintos puntos de la ciudad coordinados con las autoridades locales para ingresar a los lugares colapsados». La misión en Colombia es la operación internacional número 39 de la Unidad Nacional de Rescate y Salvamento de Israel, activa desde 1953.
El mandatario también agradeció al presidente de Paraguay, Santiago Peña, por el envío de «más de 50 toneladas de medicamentos, insumos médicos y alimentos».
El trasfondo diplomático es insoslayable. El predecesor de De la Espriella, Gustavo Petro, ordenó romper relaciones con Israel en mayo de 2024 por la guerra en Gaza. Ahora, De la Espriella declaró que «este es un nuevo tiempo para las relaciones entre Colombia e Israel: una relación basada en la amistad, la solidaridad, la cooperación y el respeto mutuo».
No todo transcurrió sin fricción. Colombia tardó dos días en abrir la puerta a rescatistas internacionales mientras decenas de equipos extranjeros aguardaban autorización. El gobierno defendió la demora alegando criterios de certificación y coordinación operativa, pero la decisión desató críticas por el tiempo perdido. A ello se sumaron señalamientos —recogidos por EFE— de que la selección de equipos respondió a criterios políticos: Colombia autorizó el ingreso de rescatistas de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, pero puso trabas a equipos ofrecidos por países como México y China. El gobierno no ha respondido públicamente a esas acusaciones según las fuentes disponibles.
Conviene mirar los incentivos. La gestión de la catástrofe revela, en pocas horas, la orientación de política exterior que De la Espriella quiere imprimir a su gobierno: pragmatismo con aliados de libre mercado y democracias consolidadas, distancia respecto de los socios ideológicos del petrismo. Restablecer el vínculo con Israel —uno de los países con mayor capacidad técnica en rescate y cooperación en seguridad— no es solo un gesto humanitario; es una señal de reposicionamiento estratégico.
El dato importa más que el ruido. Mientras el debate sobre los dos días de demora y la supuesta selectividad política continuará en los próximos días, lo estructuralmente relevante es que Colombia vuelve a tener interlocución con actores que Petro había expulsado de su agenda. Para la inversión, la cooperación técnica y la estabilidad institucional, ese reencuadre vale más que cualquier comunicado.



