El año 2026 ha estado marcado por una cadena de sismos de gran intensidad. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), al menos once terremotos de magnitud cercana a siete o superior han sacudido el Cinturón de Fuego del Pacífico desde febrero. La secuencia comenzó en Malasia (7,1), continuó en Tonga (7,5) y Vanuatu (7,3), y se extendió a Indonesia (7,4 y 7,7), Japón (7,4 y 7,1), Filipinas (7,8), Venezuela (7,5 y 7,2), Colombia (7,4) y Perú (6,7). El 23 de agosto, un temblor de magnitud 5,9 se sintió cerca de Tokio y dejó decenas de heridos.
En ese contexto, la atención vuelve a Chile, el país donde ocurrió el terremoto más poderoso registrado instrumentalmente en la historia. El 22 de mayo de 1960, un sismo de magnitud 9,5 con epicentro en Valdivia sacudió el territorio durante aproximadamente diez minutos y desencadenó un tsunami. Según el USGS, el evento dejó alrededor de 1.655 muertos, 3.000 heridos y aproximadamente dos millones de personas sin hogar.
Desde entonces, Chile ha desarrollado estrictos protocolos de seguridad sísmica, con énfasis particular en los estándares de construcción. Rubén Boroschek, ingeniero civil de la Universidad de Chile, explicó en una entrevista con TVN Chile que los edificios del país están diseñados para resistir movimientos extremos sin colapsar. «Desde mucho antes se tomó la decisión de usar muros estructurales y grandes elementos de hormigón que tienen dimensiones en planta muy grandes y que son como panales de abejas: tú puedes tomar el edificio y ponerlo de costado y no va a ocurrir el colapso de una losa pegada a otra, porque hay un elemento muy rígido al interior», afirmó Boroschek.
Los medios chilenos han identificado las zonas de mayor acumulación de energía sísmica. En el norte del país, los expertos señalan la zona de Punta Patache y Tocopilla, capital de la provincia homónima en la Región de Antofagasta, como puntos de especial atención. Más cerca de Santiago, el sismólogo Sergio Barrientos explicó a Chilevisión que el epicentro de un gran sismo podría ubicarse en la franja que va desde Pichilemu, al sur, hasta Los Vilos, al norte. Los expertos reconocen que los terremotos no son predecibles, pero sí es posible mapear dónde se concentra la presión tectónica.
El dato importa más que el ruido. Chile no espera el próximo gran sismo para actuar: lleva décadas construyendo instituciones, normas y cultura de preparación que han reducido de manera significativa el costo humano de eventos que, en otras latitudes del mismo cinturón sísmico, producen catástrofes de mayor magnitud relativa.
Conviene mirar los incentivos. La inversión sostenida en ingeniería antisísmica y en sistemas de alerta temprana no es gasto público improductivo: es la forma más eficiente de proteger la propiedad, la vida y la continuidad económica de una nación expuesta por su geografía a riesgos que ninguna política puede eliminar, pero que una institucionalidad seria puede acotar. El modelo chileno ofrece una referencia concreta para el resto de los países del Cinturón de Fuego que aún no han traducido la vulnerabilidad sísmica en estándares de construcción exigibles y verificables.



