James Carville, el arquitecto de la victoria de Bill Clinton sobre George H.W. Bush en 1992, declaró esta semana que Donald Trump lo ha obligado a distanciarse del eslogan que lo convirtió en figura central de la política estadounidense.
La frase «It's the economy, stupid» nació como recordatorio interno para el equipo de campaña en la sede de Little Rock: mantener el foco en el bolsillo del votante mientras Bush acumulaba popularidad por su manejo de la Guerra del Golfo. Funcionó. Y durante tres décadas se repitió como axioma universal de la política electoral.
Ahora Carville la repudia, al menos en parte. Durante una conversación en su red de podcasts «Politicon», el exasesor interrumpió a Joseph Ellis —exdecano de Mount Holyoke— cuando este mencionó el célebre eslogan. «Es quizás una de las frases más repetidas en política», concedió Carville, antes de agregar que la frase «me persigue hoy».
Su argumento: Bush era un hombre «decente, nada corrupto», por lo que reducir la elección de 1992 a la economía tenía cierta limpieza moral. El contexto actual, según Carville, sería diferente. Sin nombrar a Trump, describió lo que llamó una corrupción «asombrosa y colosal» y reconoció, con visible incomodidad, que quienes le dicen «a la gente solo le importa la economía» probablemente tienen razón.
Conviene mirar los incentivos. Carville no abandona la frase porque haya descubierto que la economía no importa; la abandona porque le resulta políticamente incómoda en un ciclo donde los demócratas no tienen una propuesta económica clara que oponer. Cambiar el marco del debate hacia la «corrupción» es, ante todo, una maniobra de reposicionamiento para un partido que lleva meses sin narrativa cohesionada.
El dato importa más que el ruido: una encuesta reciente de Fox News citada en la misma cobertura señala que el malestar económico ha elevado la desaprobación de Trump a un nuevo máximo. Eso sugiere que la economía sigue siendo el terreno donde se libra la batalla electoral, independientemente de lo que prefiera Carville.
Desde la Casa Blanca, el portavoz Davis Ingle respondió llamando a Carville un «perdedor empedernido» que «sufre una enfermedad grave e incurable conocida como síndrome de derangement por Trump». La respuesta, más visceral que sustantiva, ilustra el tono que domina el debate político en Washington.
En paralelo, Carville también protagonizó otro episodio revelador: en una aparición separada, calificó de «un puente demasiado lejos» las posiciones de candidatos demócratas socialistas que abogan por eliminar las prisiones, distanciándose públicamente de esa ala del partido. El estratega parece empeñado en posicionarse como voz moderadora en un partido que, según su propio diagnóstico, se fragmenta entre el socialismo urbano y una base sin mensaje económico.
La historia sugiere cautela. Los eslóganes electorales no mueren porque sus autores los repudien; mueren cuando dejan de describir la realidad que viven los votantes. Mientras la inflación, el empleo y el costo de vida sigan dominando las conversaciones de mesa, «It's the economy, stupid» seguirá siendo más vigente que cualquier narrativa sobre corrupción que los demócratas intenten instalar.
Carville lo sabe. Por eso la frase lo persigue.



