Venezuela e Israel han iniciado lo que sus protagonistas describen como una etapa histórica en sus relaciones bilaterales. El detonante fue el doblete sísmico que golpeó el litoral central venezolano y la capital, según consigna la fuente con fecha del 24 de junio, provocando colapsos estructurales, víctimas sepultadas y el cierre del aeropuerto internacional de Maiquetía por daños graves. Tras 17 años marcados por la confrontación discursiva y la ausencia de canales diplomáticos, delegaciones humanitarias israelíes cruzaron la frontera desde Colombia —escoltadas por la Guardia Nacional desde el Táchira hasta Caracas— para operar en las zonas más afectadas de La Guaira y la capital.
El eje operativo del despliegue fue la Coalición Humanitaria, coordinada por el rabino Yosef Garmon, responsable para América Latina de la organización de rescate ZAKA. Garmon articuló una red que unificó la experticia técnica de ZAKA con la labor asistencial de la Comunidad Yovel de Colombia, integrada por médicos y personal sanitario. A ellas se sumaron las organizaciones Magen, Cadena e IsraAID, así como la delegación oficial del Estado de Israel, liderada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), el general de brigada Elad Edry y el embajador Yoed Magen, quien según la fuente creció en Venezuela.
«No pensamos ni un segundo en política, así como no lo pensamos en su momento en Turquía o en Siria», declaró Garmon. «Cuando hay necesidad humana en niños, hombres o mujeres, no hay política, no hay nada.» La Coalición, precisa la fuente, opera sin recaudar fondos directos ni manejar cuentas bancarias; su función es conectar entidades capacitadas y coordinar recursos tácticos para obtener resultados inmediatos.
En el terreno, las brigadas combinaron extracción técnica con improvisación: «A veces hemos tenido que usar el propio gato hidráulico de un automóvil para levantar una pared colapsada o mover placas de concreto», relató Garmon. En una de las áreas más comprometidas de La Guaira, el equipo logró extraer el cuerpo de una madre sepultada tras más de dos horas de maniobras, luego de que su hijo abordara a Garmon cuando la delegación se disponía a retirarse. Al concluir, rescatistas y familiar entonaron juntos el Salmo 121.
El segundo pilar del acercamiento fue institucional. Miguel Truzman, coordinador nacional de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV), señala que desde el día siguiente al sismo la comunidad estableció un centro de acopio en Caracas desde donde movilizó insumos médicos de curación, kits quirúrgicos, toneladas de agua potable en cisternas, alimentos no perecederos, ropa, calzado, colchones y colchonetas hacia refugios y zonas afectadas en el estado La Guaira. El liderazgo comunitario actuó además como bisagra diplomática, facilitando el diálogo al más alto nivel con las autoridades del Estado venezolano.
Conviene mirar los incentivos. Lo que la fuente documenta no es solo una operación de rescate: es la demostración de que la cooperación técnica puede abrir grietas en muros ideológicos que la diplomacia formal no había logrado mover en casi dos décadas. Para Venezuela, recibir ayuda israelí —con escolta de la Guardia Nacional incluida— implica un costo político interno que el régimen ha decidido asumir ante la magnitud de la crisis. Para Israel, proyectar capacidad humanitaria en un país históricamente hostil refuerza su posición en una región donde su imagen ha sido sistemáticamente erosionada.
El dato importa más que el ruido. La historia sugiere cautela sobre cuánto de este acercamiento sobrevivirá a la emergencia inmediata. Pero mientras las brigadas operaban entre escombros y la comunidad judía venezolana coordinaba logística, ambas naciones demostraron que los incentivos correctos —salvar vidas, gestionar una catástrofe, preservar la legitimidad ante la propia población— pueden, al menos temporalmente, más que 17 años de retórica.



