El cine estadounidense vuelve a sus fundadores, esta vez desde el principio. Young Washington, que abre en salas este viernes, narra la formación del hombre que se convertiría en el primer presidente de Estados Unidos, mucho antes de que la historia lo convirtiera en mármol o billete de un dólar.
El director Jon Erwin, conocido por Jesus Revolution e I Can Only Imagine, escribió y dirigió la película. «Muchos de nosotros solo lo conocemos tallado en una montaña o impreso en un dólar», dijo Erwin. «Me puse curioso: ¿de dónde viene esta persona? ¿Dónde se formó este personaje mítico?»
Erwin describe el proyecto como una carta de amor a América, concebida como punto de partida para la celebración del 250 aniversario de la nación. «Pensé que la historia de origen de nuestro primer fundador sería una manera magnífica de comenzar eso», declaró. La película no pretende coincidir exactamente con la fecha fundacional, sino anticiparla con intención.
William Franklyn-Miller encarna al joven Washington. A su alrededor, un reparto de peso: Mary-Louise Parker como Mary, la madre de George; Andy Serkis como el mayor general Edward Braddock, figura de la Guerra Franco-India; y Ben Kingsley como Robert Dinwiddie, teniente gobernador británico de Virginia.
Kelsey Grammer, el legendario Frasier, interpreta a Thomas Fairfax, terrateniente virginiano del siglo XVIII. Su papel, según el propio actor, es bisagra narrativa. «Es fundamental porque es el hombre que realmente asegura la primera comisión de George Washington», explicó Grammer a UPI. Fairfax ve en el joven vecino un potencial que le recuerda a sí mismo y decide abrirle una oportunidad: «Entra al juego. Ve a hacer esto». Para Grammer, esa escena «arrancó el motor».
El actor, ganador del Emmy, añadió una lectura cultural que va más allá del entretenimiento. «Hay un fenómeno en nuestra cultura hoy que consiste en desestimar las contribuciones de los Padres Fundadores», señaló. «Lo que Jon ha hecho es revivirlos. Nos damos cuenta de que eran jóvenes, sin forma todavía, sin estar completamente en posesión de sí mismos, pero dispuestos a luchar».
Erwin comparte esa lectura. Después de pasar cerca de una década leyendo libros sobre la Revolución Americana, dice haber quedado «cautivado por el drama» y «sorprendido por los eventos improbables que llevaron a que América funcionara». La historia de Washington, sostiene, está forjada en experiencias universales: el fracaso, la adversidad, la pérdida. «Pero perseveró, aprendió y siguió adelante. Creo que hay una lección ahí para todos».
Grammer espera que el público salga del cine con algo más que entretenimiento. «Si somos afortunados de reconectar a las personas de hoy e infundirles algo de la sangre de nuestros antepasados, serán energizados por lo mismo que los energizó a ellos: este sueño de lo posible», afirmó.
Conviene mirar los incentivos. En un momento en que el debate sobre la identidad nacional estadounidense ocupa el centro del espacio público, una película que restituye humanidad y juventud a los fundadores no es un gesto neutro. Es una apuesta cultural deliberada. El dato importa más que el ruido: Washington no llegó a ser Washington de un día para otro. Esa es, precisamente, la premisa que Erwin lleva a la pantalla.


