Ucrania lanzó en la madrugada del domingo uno de los ataques aéreos más grandes desde el inicio del conflicto, enviando cientos de drones hacia territorio ruso y matando al menos a seis personas.
El Ministerio de Defensa de Rusia informó que destruyó 822 drones ucranianos durante la noche. El alcalde de Moscú, Sobyanin, señaló que unos 600 aparatos se dirigían hacia la capital rusa, y que un tercio fue derribado sobre la propia región de Moscú.
En la región de Rostov, al suroeste del país, cinco personas murieron en un ataque con más de 150 drones que dañó varias viviendas, una estación ferroviaria y provocó un incendio forestal, según el gobernador local Slyusar. En la región de Moscú, un hombre de 83 años falleció al impactar un dron contra su casa, confirmó el gobernador Vorobyov.
El mismo ataque desató un incendio en un depósito de Wildberries, el gigante ruso del comercio electrónico, en la localidad de Podolsk. Kyiv ha golpeado repetidamente instalaciones de esa empresa en los últimos meses, quemando mercancía valorada en miles de millones de dólares y llevando la guerra al interior de Rusia casi cuatro años y medio después de la invasión a gran escala de Moscú.
En el frente ucraniano, un ataque ruso con misiles sobre Kryvyi Rih mató a dos personas y dejó 14 heridos, según escribió el presidente Zelenski en redes sociales. Una persona más murió en la ciudad de Sumy, y dos civiles —un hombre y una mujer— fallecieron al ser alcanzada su vivienda por un ataque ruso en la región de Zaporiyia, informó el jefe de la administración militar local, Fedorov. Ataques adicionales provocaron incendios en Kyiv y dejaron seis heridos.
«Dondequiera que los rusos puedan llegar con sus misiles balísticos, atacan infraestructura civil», declaró Zelenski. El Ministerio de Defensa ruso afirmó, por su parte, haber atacado una planta metalúrgica en Kryvyi Rih y varios sitios militares en Kyiv, incluida una instalación de producción de los misiles Flamingo.
Zelenski había anunciado el sábado que Ucrania utilizó esos misiles de fabricación propia para atacar un centro de investigación y producción de cohetes en Samara, a unos 900 kilómetros de la frontera ucraniana.
El episodio más significativo en términos de escalada regional ocurrió sobre territorio rumano: el Ministerio de Defensa de Rumania informó que un caza F-18 de la Fuerza Aérea española derribó un dron que había penetrado el espacio aéreo del país a las 4:44 de la madrugada, a unos 24 kilómetros al norte de la ciudad de Galati, cerca de la frontera con Moldavia. El dron fue abatido a las 05:01. La canciller en funciones Toiu señaló en X que el despliegue español en Rumania fue reforzado «a petición de Rumania y la OTAN para fortalecer el Flanco Oriental tras incidentes previos con drones», y que se trataba del cuarto despliegue de España en el país.
Conviene mirar los incentivos. Cada dron que cruza hacia espacio aéreo de la OTAN obliga a la Alianza a responder con medios reales —cazas, munición, coordinación política— y eleva el costo de la inacción para los aliados del Flanco Oriental. El dato importa más que el ruido: Ucrania ha convertido los drones de largo alcance y los misiles Flamingo en instrumentos de presión económica y psicológica sobre la retaguardia rusa, mientras Moscú sigue apostando por el desgaste sobre infraestructura civil ucraniana. La historia sugiere cautela ante cualquier lectura que reduzca este intercambio a una escalada simétrica: las asimetrías de capacidad, geografía y respaldo externo siguen definiendo el ritmo del conflicto.


