El presidente Donald Trump afirmó el miércoles que Corea del Norte posee 57 armas nucleares, en lo que parece ser la primera vez que un funcionario estadounidense ofrece públicamente un número exacto sobre el arsenal de Pyongyang. La declaración llegó mientras Trump defendía su relación personal con el líder norcoreano Kim Jong Un y anticipaba un posible encuentro con él más adelante en el año.
Las estimaciones públicas disponibles sitúan el arsenal norcoreano en un rango de entre 50 y 60 ojivas ensambladas, aunque los analistas advierten que el carácter secreto del programa hace imposible un recuento definitivo. La Federación de Científicos Americanos estimó en 2024 que Pyongyang podría tener ensambladas alrededor de 50 ojivas nucleares, con material fisible suficiente para fabricar hasta 90. No quedó claro de inmediato si la cifra específica de Trump proviene de una evaluación de inteligencia clasificada.
«El hecho de que me lleve bien con él es algo bueno», dijo Trump al justificar su vínculo con Kim. «No puedes dejar que Irán tenga un arma nuclear. Y yo conozco muy bien a Kim Jong Un, y él va a estar bien siempre que tengamos un presidente inteligente.» Trump describió a Kim como «un jugador muy poderoso» y responsabilizó a administraciones anteriores de haber permitido el desarrollo del arsenal norcoreano.
El presidente dijo esperar reunirse con Kim más adelante este año, posiblemente durante un viaje planificado a Asia en noviembre, aunque no anunció fecha ni sede para ninguna cumbre.
La revelación se produjo días después de que Trump ordenara al secretario de Guerra Pete Hegseth reducir sustancialmente los ejercicios militares anuales conjuntos entre Estados Unidos y Corea del Sur, conocidos como Ulchi Freedom Shield. Trump argumentó que los ejercicios resultaban costosos y enviaban una señal «inapropiada y hostil» a Corea del Norte. Los ejércitos de ambos países confirmaron el miércoles que acortarían los ejercicios y los darían por concluidos el viernes.
El movimiento se suma a una serie de gestos de acercamiento que Trump ha realizado hacia Pyongyang en su búsqueda de revivir la diplomacia con el régimen. Todo ello ocurre mientras Kim Jong Un ordenó el martes a su país intensificar la producción de «materiales nucleares de grado armamentístico», según informes de medios estatales norcoreanos.
Conviene mirar los incentivos. La apuesta de Trump combina presión máxima —como la que aplica simultáneamente sobre Irán— con apertura diplomática selectiva hacia Pyongyang. La lógica es conocida: si el diálogo personal con Kim produjo en el primer mandato una pausa en las pruebas de largo alcance, una segunda ronda podría al menos estabilizar la situación mientras Washington gestiona otros frentes.
El dato importa más que el ruido. Revelar una cifra tan precisa —57 ojivas— puede ser un mensaje calculado tanto para Kim como para los aliados en la región: Washington sabe más de lo que admite, y la mesa de negociación sigue abierta. Lo que está en juego es la arquitectura de seguridad del Indo-Pacífico: cualquier acuerdo que reduzca los ejercicios conjuntos con Seúl sin garantías verificables de desnuclearización trasladaría el costo estratégico a los aliados, no al régimen que ha construido ese arsenal durante décadas.


