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Rutas, no territorios: la nueva geografía del poder global

Bab el-Mandeb, el estrecho de Taiwán y el Canal de Panamá concentran hoy las disputas que decidirán quién controla el comercio, la energía y la tecnología del siglo XXI.
Foto: elfinanciero.com.mx
Internacionaljueves 20 de agosto de 2026

El poder ya no se mide solo en kilómetros cuadrados conquistados. Se mide en toneladas de mercancía que pueden pasar —o ser detenidas— por un puñado de puntos geográficos. Tres estrechos y un canal resumen hoy la lógica de la competencia entre grandes potencias con una claridad que ningún mapa político convencional logra capturar.

Bab el-Mandeb: la puerta que Irán usa como palanca

Ubicado entre Yemen y el Cuerno de África, el estrecho conocido como «la puerta de las lágrimas» conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y funciona como acceso directo al Canal de Suez. Según la fuente, por ahí circula aproximadamente el 10% del comercio global y entre el 10% y el 12% del petróleo mundial. El principal beneficiario directo es Egipto: cuando el tránsito opera sin contratiempos, la Autoridad del Canal de Suez cobra peajes. En el año fiscal 2025-2026, esos ingresos alcanzaron 4,670 millones de dólares, un 23% más que el año anterior, aunque el tráfico todavía se encontraba por debajo de las metas previas a las disrupciones del mar Rojo.

Irán y los hutíes han convertido esta ruta en un instrumento de presión sin necesidad de controlarla por completo: obligan a Occidente a dispersar recursos navales, encarecen los seguros marítimos y vuelven incierto el tránsito. Un bloqueo simultáneo de Ormuz y Bab el-Mandeb, advierte el análisis, pondría de cabeza los precios de la energía, los fletes y los mercados mundiales.

El estrecho de Taiwán: semiconductores como arma geopolítica

Si Bab el-Mandeb es la disputa de la energía, el estrecho de Taiwán es la disputa de la tecnología. Estimaciones recientes calculan que Malaca y Taiwán transportaron alrededor de 2.4 billones de dólares en mercancías cada uno durante 2024, cerca del 21% del comercio marítimo mundial por estrecho. Pero la cifra subestima la apuesta real: Taiwán concentra la producción mundial de semiconductores avanzados, los componentes esenciales para la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los servidores y la industria de la defensa.

China ha perfeccionado una estrategia de presión sin invasión: ejercicios militares, zonas de exclusión e inspecciones inesperadas que elevan la incertidumbre de forma permanente. Estados Unidos ha respondido fortaleciendo alianzas con Japón, Filipinas, Corea del Sur y Australia, además de ofrecer incentivos para relocalizar la producción de chips. Cualquier crisis, sin embargo, tendría un alcance que va mucho más allá de la región.

Panamá: la lección hemisférica

En América Latina, la administración Trump reactivó la centralidad del Canal de Panamá bajo el argumento de que China había ganado presencia peligrosa en una vía que Estados Unidos construyó y administró durante décadas. El resultado fue la pérdida de concesiones por parte de CK Hutchison —empresa a cargo de la infraestructura portuaria— para manejar dos terminales en ambos extremos del canal, concesiones que había mantenido casi tres décadas. Panamá asumió el control de los contratos. El episodio fue leído como una victoria para Washington en su estrategia hemisférica de recuperar influencia sobre puertos, telecomunicaciones, minerales y energía.

El canal añade además una advertencia climática: la crisis hídrica obligó a la Autoridad del Canal a restringir tránsitos y elevar cargos para algunos buques, recordando que rutas que parecían garantizadas pueden volverse vulnerables por razones que ninguna potencia controla del todo.

Lo que está en juego

Conviene mirar los incentivos. La disputa por estas rutas no es abstracta: afecta directamente los costos de producción, los precios al consumidor y la capacidad de cualquier economía abierta para sostener su modelo. Quien controla las condiciones de circulación —quién puede mover energía, datos, mercancías y tecnología, y quién puede detenerlos— ejerce un poder que ningún arancel ni subsidio doméstico puede compensar por completo.

Para las economías de libre mercado, la conclusión es incómoda pero necesaria: la estabilidad de las rutas comerciales no es un bien que se produzca solo. Requiere presencia naval, alianzas creíbles y voluntad política de sostenerlas. El dato importa más que el ruido: los tres casos analizados muestran que la geografía y la infraestructura siguen siendo los pilares del campo de batalla, y que ignorarlos tiene un precio que termina pagando el contribuyente.

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