El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas celebró este viernes una votación informal y reservada para orientar la carrera por la Secretaría General, cuyo mandato vence en diciembre de 2026. El resultado situó a Carolyn Rodrigues-Birkett con 8 votos, mientras que Rebeca Grynspan y Rafael Grossi obtuvieron 7 sufragios cada uno.
La consulta es la segunda de este tipo. En la primera ronda, según las fuentes disponibles, Grynspan —exvicepresidenta de Costa Rica— se había situado como favorita. El giro hacia Rodrigues-Birkett en esta segunda encuesta reordena las preferencias dentro del Consejo, aunque sin carácter definitivo.
El mecanismo utilizado es una boleta de color uniforme en la que los 15 miembros del Consejo registran tres posiciones: «Encouraged», «Discouraged» o «No opinion», equivalentes respectivamente a apoyo, rechazo y abstención. La uniformidad del color impide identificar el voto de cada delegación, lo que otorga cierto margen de maniobra a las potencias antes de que el proceso se formalice.
El dato que concentra la atención diplomática es otro: Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia —los cinco miembros permanentes con derecho a veto— no han ejercido ese poder de forma manifiesta en esta etapa. Cualquiera de ellos puede bloquear a un candidato cuando la votación adquiera carácter formal, lo que convierte las encuestas informales en señales de temperatura, no en veredictos.
La historia reciente del organismo sugiere cautela. Las preferencias expresadas en rondas preliminares han variado de forma significativa antes de la decisión final, y la geometría de los vetos suele imponerse sobre las mayorías simples. Que Rodrigues-Birkett lidere con un voto de ventaja no garantiza que ninguno de los cinco permanentes active su bloqueo cuando llegue el momento.
Conviene mirar los incentivos. La ONU atraviesa una coyuntura de cuestionamiento institucional profundo: su capacidad operativa, su financiamiento y su legitimidad ante las grandes potencias están bajo presión simultánea. El perfil del próximo secretario general —y la coalición que lo respalde— dirá mucho sobre qué dirección tomará el organismo en un período en que el orden internacional se renegocia en múltiples frentes.
Desde la perspectiva de quienes valoran instituciones eficaces y rendición de cuentas, el proceso importa tanto como el resultado. Una Secretaría General que llegue al cargo con el respaldo explícito de las cinco potencias permanentes tendrá más margen para actuar; una que lo haga con vetos cruzados o ambigüedades estratégicas nacerá con la autoridad recortada. El dato importa más que el ruido: lo que se defina en los próximos meses en el Consejo de Seguridad determinará si la ONU entra a 2027 con un liderazgo funcional o con otro ciclo de parálisis institucional.


