Una pug de seis años llamada Jinny Lu, rescatada del mercado de carne de perros en Corea del Sur, ganó el 14 de agosto la edición de este año del concurso «World's Ugliest Dog» («Perro más Feo del Mundo»), celebrado en la Feria del Condado de Sonoma en Santa Rosa, California.
Jinny Lu fue adoptada hace cuatro años por Michelle Grady a través de su organización de rescate de pugs. La perra, conocida por tener la lengua permanentemente fuera de la boca, viajó desde Ukiah para participar en el certamen en cuatro ocasiones antes de alzarse con el primer lugar.
«Cuando no entretiene a su familia, Jinny Lu es embajadora de los perros rescatados», señalaron los organizadores. Según la misma fuente, la pug visita escuelas primarias, pacientes en cuidados paliativos y centros de atención a la memoria, con el mensaje de que «cada mascota merece una oportunidad, sin importar cuán diferente pueda verse».
Además del título, Jinny Lu se llevó 5.000 dólares en premio y un viaje a Nueva York para aparecer en el programa Today. También protagonizará latas de edición limitada de MUG Root Beer, patrocinador del evento por tercer año consecutivo.
En segundo lugar quedó Pinky, una mezcla de chihuahua y pomerania propiedad de Laura Brown, de Redwood City, con un premio de 3.000 dólares. El tercer puesto fue para Otto, un chihuahua mestizo de dos años de Tulsa, Oklahoma, cuya dueña Melinda Berry explicó que el perro tiene labio leporino bilateral y paladar hendido. Otto recibió 2.000 dólares.
En total, nueve perros compitieron en el certamen, procedentes de distintos puntos del país y del extranjero, entre ellos un Chinese Crested de doce años llegado desde Polonia.
El concurso es organizado por la Sonoma-Marin Agricultural Association y lleva más de cincuenta años en pie. Mandy Clendenen, directora ejecutiva de la asociación, subrayó que el evento «siempre ha tratado de celebrar a los perros que de otro modo podrían ser ignorados» y agradeció el respaldo de patrocinadores que comparten ese propósito.
El dato importa más que el ruido. Un concurso que podría leerse como simple curiosidad lleva décadas cumpliendo una función concreta: visibilizar animales con pocas probabilidades de adopción y conectarlos con dueños dispuestos a darles un hogar. El mecanismo es sencillo —competencia, premios, cobertura mediática— y los resultados, medibles en animales rescatados. La historia de Jinny Lu añade un elemento adicional: el contraste entre el destino que le esperaba en un mercado de carne y el rol de embajadora comunitaria que ocupa hoy. Conviene mirar los incentivos: cuando la iniciativa privada y el patrocinio comercial se alinean con una causa concreta, el impacto supera con frecuencia al de programas institucionales de mayor presupuesto y menor visibilidad.


