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Ocho nadadoras navarras mayores de 50 años, sin patrocinador y con los bolsillos propios, compiten en el Europeo Máster de Bratislava

El club Mariburruntzi Sinkro Taldea regresa a la competición internacional tres años después de Japón, donde cosechó un bronce, financiado íntegramente por sus propias integrantes.
Foto: infobae.com
Internacionalsábado 15 de agosto de 2026

Bajo los pinos de las instalaciones deportivas de Zizur Mayor, en Navarra, ocho mujeres mayores de 50 años repasan en seco sus rutinas de natación artística. La semana próxima viajan a Bratislava para disputar el Campeonato de Europa Máster. Lo hacen sin patrocinador, sin subvención visible y con cada gasto —inscripciones, viajes, equipamiento— saliendo directamente de sus bolsillos.

El club se llama Mariburruntzi Sinkro Taldea y sus integrantes son Alicia Otaegui, Nerea Arbiol, Laura Garde, Lola Sarriguren, Irene Aldabe, Anita Bonhomme, Raquel Elizalde y Ana Lana. Las entrena Isis Mínguez, que llegó desde Mallorca a Pamplona hace casi dos décadas para crear un equipo de natación artística infantil. Cuando le propusieron entrenar a un grupo de adultas sin experiencia en la disciplina, aceptó.

Empezaron con encuentros una o dos veces al mes. Hoy se reúnen todas las mañanas a las ocho y un día a la semana a las siete, para poder coincidir con su entrenadora y corregir los errores que, según reconocen, son difíciles de percibir desde dentro del agua.

Ese ritmo de trabajo acumuló resultados. El club ha competido en Londres, Budapest, Roma y Japón. De Roma trajeron un bronce y una plata; de Japón, otro bronce y una actuación grupal que rozó el podio. Bratislava será su regreso a la competición internacional tres años después de aquella cita nipona. Presentarán cuatro ejercicios: dos por equipos y dos en dúo.

Las medallas, sin embargo, no son el único baremo. «Cada vez nos hemos querido ir superando», explica Garde. El criterio interno es mejorar la puntuación de la competición anterior, independientemente del lugar en el marcador. «Si encima nos cae una medallica, pues de lujo», concluye Otaegui.

La cara menos luminosa del proyecto es la financiera. «Echamos de menos que no haya un patrocinador que vea lo que hacemos y quiera apoyarnos porque esto nos supone un gran esfuerzo económico», señala Otaegui. La natación artística fuera de la élite genera escasa visibilidad mediática y, con ella, escaso interés comercial. El resultado es que ocho mujeres que compiten a nivel europeo asumen íntegramente el coste de su actividad deportiva.

El dato importa más que el ruido. Lo que ilustra la historia de Mariburruntzi no es solo una anécdota deportiva emotiva: es el retrato de cómo funciona el deporte cuando el Estado no llega y el mercado tampoco ha encontrado aún el incentivo. Ocho personas deciden, con su propio dinero y su propio tiempo, sostener un proyecto de excelencia durante casi dos décadas. No esperaron una subvención para empezar ni la necesitaron para ganar medallas en Roma o Japón.

Conviene mirar los incentivos. La visibilidad que genera una medalla europea en una categoría máster es, hoy, insuficiente para atraer patrocinio privado. Esa brecha entre rendimiento y reconocimiento es el problema real que señalan las deportistas, no la ausencia de fondos públicos. Un mercado que aprenda a valorar ese tipo de historia —disciplina, mejora continua, autofinanciación— tiene más que ganar que cualquier aparato burocrático que reparta ayudas por criterios ajenos al mérito.

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