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Los Yahoo Boys: soledad como materia prima de una industria criminal

Un periodista español rastreó a los estafadores que sedujeron a su madre y encontró en Lagos una red de cientos de jóvenes que explotan la vulnerabilidad emocional de personas solitarias en Occidente. Su libro documenta cuatro años de investigación.
Foto: bbc.com
Internacionalsábado 22 de agosto de 2026

Carlos Barragán viajó de Madrid a Lagos con una dirección de IP y la certeza de que encontraría a un criminal sofisticado. Lo que halló lo dejó, según sus propias palabras, «boquiabierto»: los estafadores no eran expertos; eran jóvenes con poca educación, bajos recursos y escasas oportunidades que operaban desde Ikotun, un suburbio abarrotado de la ciudad más poblada de África.

El punto de partida fue personal. En diciembre de 2015, Silvia —madre de Barragán, dentista que había abierto su propia clínica antes de los 30 años— conoció en Tinder a «Brian», un supuesto soldado estadounidense de 52 años destinado en Siria. El hombre era romántico, apasionado y no pedía dinero. En un mes ya hablaba de mudarse a España. Cuando Silvia llegó a casa con dos anillos, Barragán decidió actuar.

Como periodista de investigación, rastreó la dirección de IP de los correos y confirmó que provenían de Nigeria. Brian no existía. Silvia, que entonces tenía 55 años y llevaba cerca de una década divorciada, había escrito en uno de sus mensajes: «Toda mi vida he cuidado de los demás y ahora quiero a alguien que cuide de mí». Esa frase resume el mecanismo que los estafadores explotan con precisión industrial.

Barragán pasó seis meses en Lagos. A través de un intermediario consiguió la ayuda de un estafador llamado Biggie, de veintitantos años, quien lo introdujo en el mundo de los Yahoo Boys —nombre tomado del servicio de correo electrónico que usaban en los inicios— y le permitió hablar con 50 de ellos. El periodista describe a Biggie como inteligente e «increíblemente gracioso»; la humanización del victimario es, precisamente, una de las incomodidades que el libro no evita.

Los casos documentados ilustran la escala del fenómeno. Uno de los Yahoo Boys se hizo pasar por el luchador estadounidense Cody Rhodes y convenció a una mujer de pagar 25 billetes de avión que nunca se utilizaron. Su primer ingreso fue de US$350, más de lo que había ganado en 18 meses trabajando en una fábrica. Otro, Azeez, empezó a estafar a los 14 años; se presentaba ante hombres estadounidenses como «Vanessa», con una fotografía robada, y vivía con su madre y su hermana en un apartamento diminuto. La técnica que describen se llama «bombardeo»: atacar a cientos o miles de personas simultáneamente hasta que alguna responde.

El resultado de cuatro años de trabajo es el libro Los Yahoo Boys, publicado recientemente.

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Conviene mirar los incentivos. La estafa romántica no es un fenómeno marginal ni exótico: es una industria que prospera en la intersección de dos fallos simultáneos. Por un lado, la soledad estructural de sociedades occidentales prósperas donde el vínculo comunitario se ha erosionado y las plataformas digitales han sustituido —mal— a las redes de pertenencia. Por otro, la ausencia de instituciones funcionales y de oportunidades económicas reales en economías donde US$350 superan 18 meses de salario fabril.

El dato importa más que el ruido. Ninguna regulación de contenidos ni ningún algoritmo de detección resolverá el problema mientras la demanda —personas solas dispuestas a creer— siga siendo masiva y la oferta —jóvenes sin alternativas— continúe siendo abundante. La respuesta eficaz exige dos cosas que los gobiernos suelen eludir: fortalecer el tejido civil y las instituciones que generan confianza en las sociedades receptoras, y abrir espacios de crecimiento económico genuino en los países de origen. Mientras tanto, la industria del engaño sentimental seguirá operando a escala industrial, con pocos recursos y una materia prima inagotable.

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