La guerra que el presidente Donald Trump lanzó contra Irán ha dejado a Estados Unidos con sus reservas de defensa en niveles críticos, sin haber obtenido la rendición iraní. Así lo advierte el especialista en seguridad nacional Jaime Ortiz, quien señala que «Estados Unidos ha consumido en semanas una gran cantidad de armamento que tardará años en reponerse y con esto ha perdido el país también capacidad para afrontar otro frente de guerra».
Los números son elocuentes. Durante los primeros cuatro días del conflicto, EU y sus aliados utilizaron aproximadamente 1.738 municiones antiaéreas para responder a 565 misiles balísticos y 57 misiles de crucero iraníes. Hasta el 8 de abril se habían empleado al menos 1.060 interceptores Patriot y 190 unidades del sistema THAAD (Defensa de Área a Gran Altitud Terminal).
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) calcula que el inventario Patriot ha caído por debajo de mil interceptores y que quedan alrededor de 250 unidades THAAD. Otras fuentes familiarizadas con el informe más reciente del Pentágono sostienen que el consumo de este último sistema podría rondar el 80% de las existencias anteriores a la guerra. El cálculo público más prudente indica que EU ha gastado aproximadamente la mitad de sus Patriot, sus interceptores THAAD y sus Misiles de Ataque de Precisión; algunas estimaciones colocan la reducción del Patriot en cerca de dos terceras partes.
El propio secretario de Guerra, Pete Hegseth, reconoció ante el Comité de Servicios Armados del Senado que reconstruir por completo las reservas de defensa requerirá «meses y años» de inversión y producción.
Mientras tanto, Irán no ha sido neutralizado. Una evaluación confidencial de la CIA entregada a la Casa Blanca en mayo calculó que Teherán mantenía cerca del 70% de sus misiles balísticos y el 75% de sus lanzadores móviles anteriores a la guerra. Larry Johnson, exanalista de la CIA y antiguo funcionario de contraterrorismo del Departamento de Estado, fue directo: «Trump ha hecho el ridículo frente a todo el mundo. ¿Cómo se le ocurre ir a la guerra contra un país como Irán, que lleva décadas preparándose, sin analizar las consecuencias? El nivel de ineptitud es histórico».
El riesgo estratégico más grave, sin embargo, apunta al Pacífico. Los investigadores Stacie Pettyjohn y Philip Sheers, del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense (CNAS), advierten que «China posee una fuerza de misiles mucho mayor, más dispersa y sofisticada que la iraní» y que podría atacar Guam, bases estadounidenses en Japón, pistas, radares, puertos, depósitos de combustible y centros de mando. El consumo de interceptores en el frente iraní reduce directamente el tiempo durante el cual esas instalaciones podrían ser defendidas.
Jaime Ortiz resume el dilema operativo: «Washington tendría que dividir unas reservas de misiles ya severamente reducidas y retirar todavía más defensas de alguna región para enviarlas a otra. El Pentágono se vería obligado a escoger qué bases protege, qué aliados abastece y qué amenazas deja parcial o totalmente expuestas».
Conviene mirar los incentivos. Una potencia que vacía sus arsenales sin asegurar un resultado decisivo no solo pierde capacidad militar; envía una señal de vulnerabilidad a todos los actores que observan. El dato importa más que el ruido de las declaraciones de victoria: si China o cualquier otro adversario decide abrir un segundo frente antes de que las líneas de producción estadounidenses se recuperen, el margen de respuesta será considerablemente más estrecho. La historia sugiere cautela ante guerras que se proclaman ganadas mientras el adversario conserva el 70% de su capacidad ofensiva.



