Al menos 14 personas murieron y otras 121 resultaron heridas en un ataque con drones rusos contra la ciudad ucraniana de Krivói Rog, según el balance comunicado por Oleksandr Ganzha, gobernador de la región de Dnipropetrovsk, donde se encuentra la localidad.
En paralelo, otro ataque ruso mató a cuatro personas en la región de Nicolaiev. Según informó el ministro del Interior, Ivan Viguivski, a través de Telegram, entre las víctimas había tres niños.
Los dos episodios se produjeron en el mismo ciclo de operaciones, lo que subraya la amplitud geográfica de la campaña aérea rusa: Krivói Rog se ubica en el centro-sur del país, mientras que Nicolaiev está sobre la costa del Mar Negro, a cientos de kilómetros de distancia.
Krivói Rog es, además, la ciudad natal del presidente ucraniano Volodimir Zelenski, un detalle que Moscú ha explotado simbólicamente en ataques anteriores. El uso sistemático de drones contra centros urbanos —en lugar de infraestructura exclusivamente militar— ha sido documentado por organismos internacionales como un patrón deliberado de presión sobre la población civil.
El ataque llega en un momento en que las conversaciones de paz mediadas por terceros no han producido resultados verificables. Washington ha mantenido presión sobre ambas partes para avanzar hacia un alto el fuego, pero Moscú no ha señalado disposición a detener las operaciones aéreas como condición previa a ningún diálogo.
La cifra de 121 heridos en Krivói Rog sugiere que el impacto se produjo en una zona de densidad poblacional significativa, lo que agrava la carga sobre el sistema sanitario regional, ya sometido a tensión sostenida desde el inicio de la invasión en febrero de 2022.
Conviene mirar los incentivos. Rusia continúa atacando ciudades mientras el calendario diplomático permanece abierto: eso no es una coincidencia táctica, sino una señal sobre qué tipo de negociación está dispuesta a sostener. Cada ronda de conversaciones sin consecuencias para quien bombardea refuerza el cálculo de que el costo de seguir atacando es tolerable.
Para las democracias occidentales que financian la defensa ucraniana, la pregunta no es si apoyar a Kiev resulta costoso —lo es— sino si el costo de no hacerlo, medido en vidas civiles y en el precedente que sienta para el orden internacional, resulta aún mayor. El dato de tres niños muertos en Nicolaiev no admite eufemismos: es la consecuencia directa de una doctrina militar que apunta a doblar voluntades a través del terror sobre la población.


