Edición Globaljueves 27 de agosto de 2026 El mundo en breveLa edición semanal
Continente ORDEN Y PERSPECTIVA GLOBAL.
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacionalNegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
Secciones y más
El mundo
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacional
Negocios, ciencia y cultura
NegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
El medio
El mundo en breveLa edición semanal BoletinesAcerca
Internacional

Aktion T4: cuando el Estado convirtió el asesinato en trámite administrativo

El programa nazi que exterminó a decenas de miles de personas con discapacidad antes de Auschwitz revela cómo una burocracia sin límites morales puede transformar el crimen en política pública.
Foto: infobae.com
Internacionalmartes 18 de agosto de 2026

Primero llegaron las ambulancias. Después, los formularios. Y al final, las urnas con cenizas que no necesariamente correspondían al fallecido. Así funcionaba Aktion T4, el programa de exterminio nazi que operó antes de que el mundo conociera Auschwitz y que el régimen de Hitler presentó, con deliberada frialdad burocrática, como una medida de salud pública.

La operación tomó su nombre de una dirección de Berlín: Tiergartenstrasse 4. Desde ese edificio se coordinó el asesinato sistemático de pacientes internados en hospitales y establecimientos psiquiátricos de toda Alemania. Sus víctimas padecían enfermedades mentales, neurológicas, discapacidades físicas, epilepsia, esquizofrenia o demencia. El Estado que decía proteger la «salud» del pueblo alemán había decidido quién podía formar parte de ese pueblo.

Un crimen con raíces previas al nazismo

Para entender Aktion T4 conviene mirar los incentivos intelectuales que lo precedieron. Las ideas de eugenesia habían ganado espacio en distintos países occidentales desde fines del siglo XIX. En Alemania, la crisis económica y social posterior a la Primera Guerra Mundial alimentó discursos que presentaban a determinados grupos como una carga para el Estado. Los nazis aprovecharon esas ideas y las llevaron a un extremo criminal.

Cuando Hitler llegó al poder en 1933, la eugenesia se convirtió en política pública. Ese mismo año se aprobó la Ley para la Prevención de Descendencia con Enfermedades Hereditarias, que permitió la esterilización forzosa de cientos de miles de personas. El paso siguiente sería más radical: ya no se trataría de impedir que determinadas personas tuvieran hijos, sino de decidir quién tenía derecho a seguir viviendo.

Los niños, primeras víctimas

El 18 de agosto de 1939, el Ministerio del Interior del Reich ordenó que médicos, enfermeros y parteras informaran sobre recién nacidos y niños menores de tres años con determinadas discapacidades. Los padres eran enviados a clínicas con la impresión de que sus hijos recibirían atención especializada. En esas instituciones, algunos niños recibían sobredosis de medicamentos; otros eran sometidos deliberadamente a inanición. El criterio médico había dejado de ser curar. Ahora era seleccionar.

Los responsables del programa fueron Philipp Bouhler, jefe de la Cancillería de Hitler, y Karl Brandt, médico personal del Führer. A fines de 1939, Hitler firmó una autorización escrita que habilitaba a determinados médicos a conceder una supuesta «muerte por misericordia» a pacientes considerados incurables. El documento fue oficializado el 1 de septiembre de 1939, el mismo día en que Alemania invadió Polonia. La elección de esa fecha no fue casual: el régimen pretendía presentar la operación como parte de las necesidades extraordinarias de la guerra.

La burocracia como arma

El sistema era perversamente sencillo. Los hospitales recibían cuestionarios. Los médicos completaban información sobre diagnósticos, capacidad para trabajar y tiempo de internación. Tres médicos podían decidir el destino de una persona sin haberla visto jamás. Una marca, una firma, un procedimiento administrativo: el paciente quedaba condenado. A partir de enero de 1940, los seleccionados fueron trasladados a seis centros de gaseamiento especialmente preparados. A las familias se les entregaban certificados con causas de muerte falsas.

El 18 de agosto de 1941 la maquinaria llevaba casi dos años funcionando y había producido decenas de miles de víctimas. Seis días después, Hitler ordenó detener la fase centralizada de los asesinatos. Pero eso no significó el final: la muerte simplemente cambió de método.

Lo que el dato importa más que el ruido

Aktion T4 no es solo historia del horror. Es la demostración más documentada de lo que ocurre cuando el Estado asume la potestad de definir qué vidas merecen ser vividas, y cuando la burocracia —médicos, administradores, funcionarios, empleados ferroviarios— ejecuta esa decisión sin resistencia institucional ni contrapeso moral.

El principio en juego no es abstracto: la inviolabilidad de la persona frente al aparato estatal. Cuando ese principio cede —bajo cualquier ideología que prometa optimizar el «bien común»— la historia sugiere cautela. El expediente administrativo puede ser, como T4 demostró, el instrumento más letal que existe.

Más sobre Internacional

La edición semanal

El temario completo de la semana

Leer la edición →