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Académico chino-canadiense pide disculpas a China tras tres días en Los Ángeles

El comentarista Jiang Xueqin, conocido por predecir el regreso de Trump, describió Skid Row como un «apocalipsis zombie» y acusó al individualismo extremo de producir la miseria visible en la ciudad más rica del planeta.
Imagen generada con IA
Estados Unidosmiércoles 19 de agosto de 2026

El profesor Jiang Xueqin, educador chino-canadiense y analista geopolítico con un canal de YouTube llamado «Predictive History», declaró en el programa «Piers Morgan Uncensored» que su visita de tres días a Los Ángeles lo llevó a querer regresar a China a pedir disculpas.

«He pasado los últimos 20 años criticando a mi país natal como la sociedad más corrupta, más desigual y más materialista del planeta», dijo Jiang. «Pero tras estar en Los Ángeles tres días, necesito volver a China y hacer una disculpa al pueblo chino».

Jiang asistió a una cena en Pacific Palisades, donde describió mansiones de 20 millones de dólares custodiadas por seguridad privada. Señaló que los residentes —entre cuyos vecinos mencionó a Steven Spielberg y Adam Sandler— vivían aislados entre sí: «Ninguna de estas personas se conoce. Cada uno está en su propio universo autosuficiente».

Esa misma noche, acompañado por el periodista Max Blumenthal, visitó Skid Row. «Es realmente el apocalipsis zombie», afirmó. «Bloques y bloques de personas sin hogar», muchas de ellas, según describió, bajo los efectos de drogas.

«Me parece absurdo que en el país más rico de la historia de la humanidad pueda existir esta forma desesperada de pobreza», sostuvo Jiang. La experiencia se repitió en Santa Mónica: desde su hotel de lujo, describió convivir durante el día con lo que llamó «muñecos Ken y Barbie de la vida real» y salir por la noche a encontrarse únicamente con personas sin techo. Un hombre con aparente enfermedad mental gritó frente a su habitación durante toda la noche; el hotel, según relató, ofreció a los huéspedes auriculares.

«Esta es la sociedad en la que vivimos: sufre de decadencia interna y, en lugar de confrontar el problema, nos ponemos los auriculares y escondemos la cabeza en la arena», dijo.

Jiang atribuyó la situación al «individualismo extremo del mundo occidental», contrastándolo con el énfasis de China en familia y comunidad. «Aquí en Estados Unidos, cada uno se las arregla solo. Si cometes un error, si te enfermas y la factura médica te aplasta, quiebras. Y terminas en la calle». También argumentó que el país está demasiado enfocado en conflictos externos y descuida su deterioro interno: «Estoy mucho más preocupado por la tensión interna, la decadencia interna, que por una guerra nuclear o biológica».

El dato importa más que el ruido. Que un intelectual formado en la crítica al régimen chino salga de tres días en Los Ángeles con ganas de disculparse ante Pekín no es anécdota turística: es un síntoma. La ciudad lleva décadas acumulando regulaciones que encarecen la vivienda, programas asistenciales que no reducen la indigencia y una clase política que ha preferido el gasto performativo al resultado medible. El contraste que Jiang describe —mansiones de 20 millones de dólares a minutos de Skid Row— no es falla del mercado; es el producto predecible de un gobierno local que bloquea la construcción, subsidia la permanencia en la calle y desincentiva el trabajo.

Conviene mirar los incentivos. Cuando la respuesta institucional ante la miseria visible es repartir auriculares, el problema no es el individualismo abstracto que denuncia Jiang: es la ausencia de consecuencias para quienes administran el dinero de los contribuyentes sin rendir cuentas. Los Ángeles gasta miles de millones en programas para personas sin hogar y la cifra no baja. Eso no es capitalismo fallido; es burocracia protegida del escrutinio.

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